Orisel Gaspar: Reflexiones de una "emigrante"
Cuando un hombre decide emigrar hay en su decisión una acumulación de ideas que por diversas razones lo llevan a dejar aquello que conoce y lanzarse en busca de un "algo" que imagina mejor y más positivo para su vida y desarrollo en cualquiera de los ámbitos en que esta le resulte empobrecida o limitada. La emigración comienza desde que surge en la mente del hombre la idea de partir de un sitio a otro y su pensamiento comienza inconscientemente a prepararse al cambio, de modo que el hombre se convierte en emigrante mucho antes de dejar el espacio físico al que pertenece.
La necesidad humana de emigrar es indetenible y ningún régimen o poder que intente contener o pretenda impedir que exista esta necesidad en sus ciudadanos podrá lograr tal tentativa. Una actitud semejante no hará más que agudizar la ingeniosidad del hombre para romper las barreras que cierran su camino convirtiendo con esto el proceso de la emigración en un acto de riesgo en el que muchas veces se llega a pagar con la pérdida de la vida en el intento. La necesidad de emigrar, en muchos casos crece con el empeoramiento de las condiciones de vida del hombre, los conflictos políticos que sumen a una región o país determinado en el caos, la represión de los gobernantes hacia sus conciudadanos, la imposibilidad de estos de manifestar libremente y sin represalias sus ideas personales en cualquier ámbito, desarrollar sus iniciativas de desarrollo personal y colectivo, crear libre y constructivamente en cualquiera de los métodos de creación existentes, proponer cambios positivos que ayuden a favorecer el desarrollo del entorno social al que pertenece, ejercer el derecho a las elección libre de sus máximos representantes.
Los países cuya situación geográfica está marcada por la insularidad sufren de forma grave la fatalidad de la falta de fronteras terrestres y muchos de sus habitantes desesperados sin otra alternativa se lanzan a la suerte de los mares en cualquier tipo de artefacto navegante creado por su fantasía en su afán de lograr el sueño soñado, el anhelo de cambio hacia una realidad más reconfortante y segura, el paso a un estado de libertad más puro y por tanto a conducirse hacia la felicidad.
Emigrar es en muchos casos un viaje a lo desconocido, es un dejarlo todo y comenzar de nuevo. Cuando se emigra hay que renunciar inevitablemente a muchas cosas. El emigrante se verá atacado en muchos órdenes, y este ataque vendrá desde la realidad que acaba de abandonar y desde la nueva realidad a la que penetra. Las leyes vigentes en una y otra realidad, en numerosas ocasiones absurdas e incoherentes, le afectarán más que beneficiarle y lo mantendrán en equilibrio precario durante un buen tiempo. El proceso de la emigración tiene una dualidad que va a extremos, es hermoso y doloroso. En sus inicios provoca en el que emigra y los que quedan detrás una sensación de desestabilización de todos sus órdenes. Son la perseverancia, la fuerza, la paciencia y la iniciativa personal quienes harán que progresivamente y enfrentándose a múltiples, nuevos e inesperados problemas, el emigrante comience a dar sus primeros pasos y a recuperar el equilibrio perdido en el cambio. Ocurre un segundo nacimiento y se recupera de manera paulatina el nombre que se ha perdido en el proceso de cambio, se deja de llamar "emigrante" para comenzar a convertirse en un "algo" que si bien no es lo exactamente lo que imaginó y buscó se le parece a sus ojos bastante y en lo cual a su manera ha encontrado la paz que necesitaba.
Cada hombre lucha por concretar el sueño que una vez, o más lo llevó a dejar atrás la tierra que lo vio nacer y luego de haberse acercado al sueño, almacena consigo una necesidad de retorno a ese sitio que ya no es más que un recuerdo en su memoria y vive la múltiple sensación de tener dos o más territorios que considera su casa, su terruño, su aire. Esta doble, a veces triple sensación de arraigo convierte al hombre en un ser universal con una capacidad para mirar a su alrededor desde una mirada más abarcadora y profunda, más libre de prejuicios y más capaz de aceptar a los otros.
La emigración se vive de modo particular desde la perspectiva del ser que emigra e inciden en su modo de sentirlo y verlo aquellas experiencias que le ha dado la vida a ese ser único e irrepetible.
Hoy por hoy han existido sobre la faz de la tierra emigrantes de todas las regiones del mundo que por razones diversas han pactado con la nostalgia para salir en busca de sí mismos con el temor a la espalda y la mirada hacia el futuro. Sería pues ya el momento para que aquellos que nunca se plantearon semejante meta acepten y respeten este desafío a lo establecido y colaboren para que cada hombre sea feliz en el lugar que por decisión propia determine.
Orisel Gaspar

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